Un día comprendí que el problema no soy yo, que yo sí soy suficiente.
Y entonces el caso se tornó aún más triste porque me pregunté: “¿por qué si aporto tanto, nadie puede aportarme igual a mi?”
Nadie sabe de las noches en las que te derrumbas ni de las mañanas en las que tratas de recomponerte tu solo.
¿Cómo puedo hablarte de mis miedos si he estado fingiendo que no los tengo toda mi vida?
—Seguen
Y sé que cuándo todo le vaya mal, y nada le salga cómo lo esperaba, yo seré su segunda opción porque cómo dice el dicho “de bueno tonto” y siempre le perdonaré.